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Opinión – Vacunas: inocular la esperanza

Vacunas: inocular la esperanza
Foto. Twitter @ClaudiaSheinbaum

El pasado viernes 21 de mayo, acudí a una escuela primaria adaptada como centro de vacunación. No sabía cuánto iba a tardar en recibir la vacuna que me correspondía. Lo primero que me llamó la atención fue el entusiasmo de decenas de personas que trabajaban en aquella organización. Era una especie de euforia, de espíritu festivo, nos iban a inocular la esperanza.

En teoría, el objetivo principal era otro: vacunar a los docentes contra el virus que nos ha tenido asolados desde hace un año y medio. Sin embargo, lo cierto es que cuando se tiene un objetivo se busca alcanzarlo de la manera más eficiente. La organización de estos centros coloca su énfasis en la alegría, la emoción y la esperanza. Por eso afirmo que deseaban inocularnos la esperanza para que no fuéramos a “enfermarnos” de inconformidad y decepción por la actuación del gobierno.

Euforia para inyectar esperanza

Me parece que la 4T hace bastante bien esa labor de aprovechar tal escenario para reforzar su propaganda y una emotividad de pacto social. Por ejemplo, desde que me aproximé a la escuela varias personas, seguramente trabajadores eventuales del Gobierno de la CDMX de distintas dependencias, me sonreían y me indicaban que caminara cada tres metros por un camino que estaba bien marcado por cinta de plástico.

¿Para qué había tantos trabajadores? Yo no puedo evitar pensar al ver tantos puestos de trabajo innecesarios en la economía estancada desde los últimos tres años. Se requirieron cinco personas para decirme por donde avanzar durante 30 metros. Luego, un joven excesivamente amable y contento le puso tres tachecitos a la hoja que yo llevaba impresa después de preguntarme si no tenía hipertensión, diabetes o embarazo. Otra chica antes también demasiado amable había leído con su celular el código QR.

Si AMLO supiera que yo me puse a pensar en si acaso reduciendo el personal se podría incrementar la velocidad de vacunación, seguramente diría que soy conservador y neoliberal y alguien muy malo. Pero seguí pensando en eso cuando tuve que volver a caminar otros diez metros para entregarle a una enfermera nuevamente la hojita, en la que ella escribió el lote y el folio de mi vacuna.

Después de la vacuna, la esperanza

Enseguida un enfermero nos enseñó las vacunas y nos fue inyectando. La maestra que estaba a mi lado le pidió a otra colega que le tomara una foto mientras la inyectaban para subirla a sus redes. Nuestras redes sociales son monstruos insaciables de atención, aunque a veces no haya ni una interacción auténtica. Debo decir que yo estaba más preocupado por el dolor que pudiera sentir que por tomarme una foto. Por eso no tengo ninguna imagen de ese día, salvo en mi mente.

Efectivamente, el dolor fue inmediato, ¿cómo alguien podría no notar si no le suministran un líquido? Hasta ese momento, el proceso me parecía suficientemente eficiente. Si bien, me parece correcto ser exigente con el gobierno, tampoco hay que caer en el extremo de criticar todos sus procedimientos.

Si yo hubiera estado un poco mejor informado habría sabido que me pondrían a bailar después de vacunarme. Pero no leí ninguna nota sobre eso ni vi los videos de viejitos bailando. Así que fue una sorpresa para mí cuando nos hicieron caminar hacia otro patio donde una música tropical sonaba tan fuerte como eventos de campaña o en los bailables de primaria.

No me agradaba la idea de bailar y menos porque la mano izquierda me había comenzado a hormiguear. Antes de que eso ocurriera, otra mujer nos dio algunas indicaciones: no fumen y ni beban durante dos semanas. Hoy reposen, no hagan ejercicio y reporten cualquier malestar. Y dense un aplauso porque vinieron a vacunarse y, aunque ya sean seis días después, feliz día del maestro.

Algunos datos y recomendaciones que he escuchado en internet, me han hecho creer que las recomendaciones pudieron ser un poco más extensas. ¿No convendría saber el grado de efectividad de la CanSinoBio? ¿Cuántos meses puede durar esta protección? Era un momento de alegría, de fiesta y de esperanza que no iban a arruinar con datos preocupantes.

El gobierno marca el ritmo

El momento estelar llegó: nos pidieron que nos pusiéramos de pie para hacer un breve calentamiento. Poco después un entrenador físico que se había presentado ante nosotros comenzó a ponernos pasos de baile mientras sonaba una bachata. Al terminar ésta, empezó una pieza más veloz, creo que era merengue.

No podía evitar reírme mientras intentaba seguir torpemente ese ritmo. Se me ocurrió que podría ser una buena analogía de este sexenio, la 4T marca el ritmo y la oposición en vez de rebelarse sigue torpemente las pautas del gobierno.

Por otra parte, ahí estábamos cientos de docentes también bailando y aplaudiendo como un público noble y dócil. Más allá de los sobredimensionados resultados electorales, el gobierno está ganando la hegemonía cultural. El pacto de unidad y el pacto de sujeción que conforman el contrato social entre gobierno y pueblo se está fortaleciendo.

Ante tanta alegría y esperanza en las jornadas de vacunación queda desenfocada la devastación que hay en México desde el último año. Más de doscientas veinte mil personas fallecidas (más tres mil docentes entre ellos), lo cual deja a nuestro país en el lugar cuarto a nivel mundial en número de muertos, alrededor del 10 por ciento de los casos registrados. Son dos datos que muestran que en México tuvo un mayor impacto esta enfermedad que en la mayoría de los países. Aparte del impacto económico: el desempleo, la mayor pobreza, el aumento de endeudamientos.

El olvido de la devastación

Para colmo, esto se suma a la otra devastación olvidada: la violencia vinculada al narcotráfico que de ningún modo ha cesado. Aproximadamente el 80 por ciento de los homicidios en México se relacionan con el crimen organizado, lo cual explica que tengamos una tasa de homicidios cinco veces superior que el promedio mundial. Para darnos una idea mueren más mexicanos por este tipo de violencia, que palestinos por los bombardeos de Hamas e Israel.

Pero mientras los problemas se acumulan en nuestro país, los políticos del Gobierno y de la oposición, de alguna forma, han pactado para olvidarse de los problemas reales y bailar al mismo ritmo. Bailan tonadillas que sobrevaloran la democracia, nos quieren ofrecer la falaz esperanza de que quitando a unos políticos impunes y poniendo en su lugar a otros políticos impunes, los problemas se resuelven.

La “enfermedad” que no soportarían es la de un pueblo desesperanzado de los políticos, que al no darle su voto de confianza a ninguno, buscará limitar el poder del Gobierno, sea quien sea el electo, para que no pueda gobernar impunemente.

Salí del centro de vacunación y comencé a sentir una fatiga que hasta el momento no se me ha quitado. Lo mismo que un dolorcillo de cabeza y de vez en cuando escalofríos. Nada grave. Estoy agradecido de que mis mayores temores no se hayan vuelto realidad: sigo creyendo que China es una dictadura atroz, que el lenguaje inclusivo es un elitismo ridículo y que no hay que tener grandes expectativas en las próximas elecciones. Me siento inmune a la esperanza.

Antonio Rangel
Líder de Opinión de Modernidades - Poeta, narrador y ensayista. Estudié Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM, ahí mismo cursé la Maestría en Letras. Colaborador en diversas revistas literarias. Actualmente profesor de Literatura. Interesado en las ideas de la libertad, el debate plural y los problemas educativos.

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