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Opinión – La lectura, ¿una herramienta?

Opinión - La lectura, ¿una herramienta?
Foto. Shutterstock

El fomento de la lectura, debo ser sincero, es un tema que no despierta mi interés. Una de las razones es la abundancia de cursilería en torno a tal tema. Para quienes se desenvuelven en un ámbito cultural, la lectura es una especie de deidad, dadora de maravillas. Polemizar frente a dogmas de fe me desmotiva.

Sin embargo, en las últimas dos semanas el chisme sobre Jorge F. Hernández, su discusión con Max Arriaga, así como su cese como agregado cultural en España, me ha parecido una oportunidad para discutir sin cursilería las contradicciones culturales del fomento a la lectura.

Del affaire de la lectura o el chismecito

Sería normal que Jorge F. Hernández y Marx Arriaga sean nombres poco conocidos. El pleito que tengan entre ellos es algo que a algunos les puede despertar cierta curiosidad y a otros bastante indiferencia. Pero las posturas que ambos sostienen acerca de la lectura, sí es una deliberación importante para nuestra sociedad.

Por lo tanto, no abordaré los pormenores del affaire Hernández. Obviamente la cancelación de su contrato fue un acto mezquino por parte del doctor Enrique Martínez. En especial por las formas que utilizó, que son representativas de la ineptitud generalizada del actual gobierno.

Si vamos más allá del chisme, hacia el terreno de las ideas, encontramos una conferencia de Marx Arriaga el 29 de julio en San Felipe del Progreso. Tal conferencia, cuyo destino debió ser la intrascendencia, adquirió cierta fama porque un par de periódicos, los favoritos del presidente: El Reforma y El Universal, parafrasearon y pusieron entre comillas una frase que resulta intolerable para el consenso cursi sobre la lectura: “leer es un acto de consumismo capitalista”.

Hay dos verdades incuestionables en este asunto. Primero, sí hubo mala leche en la prensa al entrecomillar una frase que jamás escribió ni pronunció el doctor Arriaga. Y segundo, su conferencia sí está llena de inconsistencias, montones de hombrecillos de paja y, en general, barrabasadas.

Las tesis sobre la lectura de Arriaga

A veces conviene sufrir leyendo textos mal escritos. De los malos ejemplos se aprende. Y en este caso, el doctor Marx Arriaga escribe mal, sinceramente. Pero para no parafrasearlo al estilo del Reforma y El Universal, hay que citarlo. Por supuesto añadiendo mis comentarios. Debo agregar que sólo me enfocaré en sus ideas sobre la lectura, no en otras que también sería placentero criticar como su opinión sobre la pandemia y los derechos humanos. En fin, dice:

“…la lectura se interpretaba como una acción vinculada a ciertos momentos del desarrollo ciudadano en donde su valor como herramienta de transformación social se desdibujaba ante su carácter estético.”

Marx Arriaga

Los estudiantes que tengan problemas para cumplir un mínimo de cuartillas pueden echar mano de frases huecas como “una acción vinculada a ciertos momentos del desarrollo”. Son frases paja, tolerables en estudiantes, pero inaceptables para profesionales. Sin embargo, no voy a caer en la provocación de juzgar un texto mal redactado, sino a cuestionar la tesis: la lectura en vez de verse como herramienta, se disfruta.

Cabe preguntar, ¿los gobiernos anteriores de verdad promovían la literatura en su carácter estético? ¿Si entendemos que la literatura es de las bellas artes, por qué no habría que considerarla principalmente una expresión estética? Son preguntas que tienen fácil respuesta. Ya que la literatura que se promueve en los libros gratuitos y obligatorios suelen ser moralizante. La literatura se ha promovido por los gobiernos “neoliberales” para cultivar valores. Si esto ha sido útil o no, es otro debate.

Sólo por ceguera fanática alguien hilvanaría el siguiente silogismo: 1. Todo neoliberalismo es malo. 2. La promoción de la lectura por placer fue parte del neoliberalismo. 3. Por lo tanto, promover la lectura placentera es malo. Ambas premisas son mentiras, la conclusión casi podría llamarse un disparate.

¿Qué significa la lectura?

Pese a ello, podríamos profundizar con seriedad, y preguntarnos si la literatura debe ser considerada herramienta u objeto estético. En un mapa de sentido, las cosas que encontramos en nuestro camino de vida las interpretamos como obstáculos o herramientas. Considerando esto, no es simple la pregunta: ¿un libro de literatura es un obstáculo o una herramienta?

Por ejemplo, si yo quisiera ser un buen cristiano, ¿leer novelas policíacas me ayudaría o me estorbaría o ninguna de las anteriores? Reformulando la pregunta: si mi objetivo fuera escribir un libro de filosofía política, ¿valdría la pena que leyera la poesía surrealista o eso sería desviarme o resultaría tan irrelevante para mi propósito como usar tenis? Ahora bien, si mi principal interés en la vida fuera adquirir una casa y un auto, ¿conocer la obra completa de Juan Ruiz de Alarcón me servirá o será tiempo perdido? En suma, ¿la literatura es una herramienta o un obstáculo para alcanzar nuestros fines?

Obviamente algunos leen para conseguir algo y otros leen por puro placer. Solamente que si la lectura se promueve como una actividad placentera, muchas personas la rechazarán, ya que para placeres existen otros mucho más intensos, adictivos y cautivantes. Ya los oigo diciendo que no es verdad, pero lo es. ¿En serio piensan que la lectura podría ser más adictiva que el tabaco? ¿Más intensa que las relaciones sexuales? ¿Más cautivante que la música, las películas o los bailes y las fiestas? No seamos cursis, seamos honestos.

Los mercados de la lectura

En el mercado del placer, la lectura está condenada a un nicho pequeñito. Incluso con algo de malicia, deberíamos preguntar si a los defensores acérrimos del hedonismo lector no les gusta demasiado ese aire de superioridad intelectual que dice: “yo soy lector”, “yo leí El Principito completo”. Más allá de las petulancias y el esnobismo, insisto: promover el placer de la lectura es poner la literatura en un mercado donde su competencia es mucho más atractiva.

En cambio, la lectura en el mercado intelectual, se puede vender muy bien como herramienta para alcanzar conocimiento y estatus cultural. Esa forma de leer además se puede capitalizar, considerar una inversión y un instrumento para seleccionar contactos que contribuyan a nuestra carrera profesional. Es decir, la lectura sería una forma de networking.

Por supuesto, aunque la realidad sea poco estética, no deja de ser real. La gente miente y puede sostener sin rubor que prefiere la lectura por placer, en una tarde lluviosa bebiendo café. ¿Quién tendría el suficiente cinismo o mala conciencia para decir que sólo lee por estatus?

Lectura de Marx, el marxista, Arriaga

Don Marx escribe:

“Así, se repetía sin cesar que la lectura era importante porque divertía a las personas, porque las ayudaba a evadirse de su realidad y a sonreír. Apreciábamos la lectura desde un plano infantil, como una obligación de los niños en su educación básica.”

M. Arriaga, “Formación docente en la Escuela Normal” 19 de julio de 2021.

Literalmente, nadie nunca dijo eso. Jamás vi publicidad gubernamental diciendo: lee para que te evadas de la realidad y sonrías. Podría aceptar esa exageración, pero es inaceptable creer que buscar diversión o placer es infantil. No es así. Divertirnos y disfrutar son parte de nuestras necesidades.

Nuestro Marx escribe:

“Esta infantilización de la lectura… es resultado de una política pública encaminada a una propuesta de mercado en donde se fomenta la adquisición de un producto, pero no el desarrollo del individuo y menos aún su convivencia en comunidad”.

Ibídem

Pues no. En lo absoluto. Tan desacertado el diagnóstico como la redacción. No se puede fomentar la adquisición de libros cuando las políticas públicas reales mantienen la producción y entrega de libros de texto gratuitos, establecen subvenciones, sostienen una red de bibliotecas, una gran casa editorial con librerías como el FCE y Educal, así como ferias del libro, becas, concursos, etc. La intervención gubernamental en el mercado libresco no promueve la libre competencia, sino al contrario, el paternalismo. Que les parezca poco a los interesados en ganar más, no significa que no existan esos apoyos. Que quizá haya problemas de amiguismo o nepotismo es otra cuestión.

La verdad es que la acusación de Arriaga es una mentira. Lo comprobable es que el gobierno sí ha apoyado a los productores de literatura y quizá ese sea precisamente el problema. Quizá los mecanismos del mercado resultarían más útiles para conocer mejor los gustos de los lectores y ofrecerles aquellas lecturas que sí demanden y no las publicaciones de amiguetes de funcionarios culturales.

Por otra parte, ¿por qué escribir “convivencia en comunidad”, acaso hay convivencia en soledad o aislamiento en comunidad? La naturaleza humana es social. No es necesario que el gobierno fomente la convivencia. Tampoco necesitamos más presupuesto pasando por las porosas manos de políticos bajo el pretexto de promover la natural sociabilidad. ¿No será que en el fondo lo que Marx Arriaga quisiera decir es: “más dinero en manos del gobierno, más control sobre las expresiones culturales”?

Algunas conclusiones

Las ideas de Marx Arriaga me recuerdan mucho a una palabra que solía usar la dictadura cubana: diversionismo. Se acusaba de diversionismo a todo aquel que quería tener una vida agradable, en lugar de una vida de servidumbre hacia la tiranía castrista.

Una característica del socialismo real es su anti-diversionismo o, en palabras más literarias: un carácter agelasta, y dicho con más claridad: un afán de seriedad, de amargura, de desprecio hacia el sentido del humor. ¿Por qué es así? Porque el humor es una crítica a quien ejerce el poder. El humor consigue hacer ver hipócrita al rostro disfrazado de víctima permanente. El humor es una virtud. Más hoy en día que el humor vive bajo amenaza de cancelación, deberíamos apreciarlo más, para salir de esta era de tartufos woke.

El fanatismo es incompatible con el humor. El fanatismo político exige que todo sea herramienta u obstáculo. Blanco o negro. Conmigo o contra mí. Por eso los objetos estéticos que no son herramientas ni obstáculos, se malinterpretan bajo los lentes del fanatismo. No hay tolerancia para aquello que se mantiene neutral.

Yo no creo que la literatura sea neutral. Pero sólo la mala literatura tiene posturas muy claras. La gran literatura muestra la complejidad, el beso circular que prevalece entre el bien y el mal. Esa literatura es mucho más que placer y diversión, incluso puede ser vehículo de depresión y ansiedad. La literatura de Shakespeare, Dostoievsky, Rabelais, Cervantes, no cabe en una camisa de fuerza, no puede funcionar como herramienta ideológica. Tampoco es inútil, porque tiene gran potencial transformador. La gran literatura no es herramienta ni obstáculo, es un objeto estético irreductible a volverse un simple eslabón político.


Referencias
Antonio Rangel
Líder de Opinión de Modernidades - Poeta, narrador y ensayista. Estudié Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM, ahí mismo cursé la Maestría en Letras. Colaborador en diversas revistas literarias. Actualmente profesor de Literatura. Interesado en las ideas de la libertad, el debate plural y los problemas educativos.

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