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Ética para una Política Responsable

Ética para una Política Responsable
Foto. Archivo

Cuando preguntamos qué es la ética, por lo menos, debemos tener claro que no existe una sola forma de enfrentar los problemas. También conviene tener presente que la ética y la política son dos ámbitos separados. Pese a lo cual es posible, sin ingenuidad, preguntarse por la ética necesaria para realizar una política responsable.

Ética y política en Weber

Hay un texto clásico sobre ética y política escrito en 1919 por Max Weber, que fue uno de los más influyentes pensadores del siglo XX. No sé si llamarlo historiador, economista o sociólogo. Lo cierto es que se doctoró como abogado. El texto al que refiero es una joya más bien filosófica: “La política como vocación”.

Hace casi cien años, sobre Alemania, la patria de Weber, caía la oscuridad de la derrota en la Gran Guerra. Una consecuencia de aquella caída fue el fin del Imperio Alemán. Entonces, las fuerzas políticas comenzaron a disputarse el poder. En ese ambiente de caos y miseria, los liberales negociaban una paz desfavorable; los socialistas dieron inicio a una revolución armada y el gobierno socialdemócrata no sabía qué política responsable debía llevar a cabo. Tal es el contexto de La política como vocación.

En esos momentos cruciales en los que se transforma de verdad un régimen, abunda la esperanza en los jóvenes. Sienten que la oscuridad es crepuscular, que pronto llegará el amanecer. En contraste, otros ven cómo se van destruyendo instituciones y entienden ese crepúsculo como un antecedente de la noche. Weber tenía 54 años cuando se dirigió a auditorio de jóvenes militantes para hacerlos pensar en la ética y la política, para que distinguieran entre convicción y responsabilidad.

¿Qué ética justifica el poder?

Los voy a defraudar, les advirtió Weber desde el principio. Enseguida definió la política como aquella injerencia que se efectúa a través del Estado. Por supuesto, la forma latente del Estado es la violencia. Si el Estado asume para sí mismo la violencia como un derecho, no hay que engañarse, quien ejerce la política desea contar con el recurso de la violencia para justificar sus acciones. ¿Qué tiene de ético usar la violencia del Estado?

Hay políticos que aspiran al poder por el poder mismo, ya sea por simple vanidad, prestigio o egocentrismo. Pero hay otros, quizá todos cuando comienzan, que entran en la política por una convicción ética. Esa clase de políticos pueden justificar su búsqueda de poder a través de tres caminos:

  1. La autoridad tradicional. La que ejercían antiguamente los patriarcas y, modernamente, los regímenes patrimonialistas. En mi opinión, el presidencialismo mexicano desde 1934 hasta 1982 tuvo características patrimonialistas.
  2. La autoridad carismática. Es la que detentan líderes populares, que logran establecer un aura de personalidad extraordinaria, típica de profetas, grandes demagogos y caudillos exitosos. Ejemplos mexicanos: Villa, Zapata, Obregón, Calles.
  3. La autoridad de la legalidad. Es una legitimidad racional, basada en normas claras y constitucionales, que se acompaña de instituciones formales y servidores públicos apegados a tales normas.

Lo que sucede con las autoridades carismáticas es claro: como necesitan dominar más allá de lo que marca la ley, requieren un culto a su personalidad y, en ese sentido, el valor de la lealtad por encima de la eficacia. Esto hace que en lugar de funcionarios públicos lo que se establezca sea un cuerpo de cortesanos. En vez de un servicio público de carrera, una burocracia de contactos o amiguetes, de palancas y nepotismo. Incluso, en casos extremos, a los Secretarios de Estado talentosos, con luz propia, se les sustituye por eunucos.

En cambio, en un régimen moderno, basado en la legalidad, los funcionarios públicos debemos cumplir los marcos normativos con responsabilidad, sin apasionarnos por los gobernantes ni encender otra convicción que no sea la de seguir lineamientos. Tiene su valía el cumplimiento del deber sin apasionamiento, como escribió Tácito, sine ira et studio. Pero está claro que sin pasión ni convicción es imposible vivir para la política.

La ética de la convicción y la ética de la responsabilidad

Los dos tipos de ética que Weber distingue son la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, aunque éstas no se opongan totalmente. Una sólo se basa en principios absolutos y la otra se concentra en las consecuencias posibles de los actos. Yo las llamaría ética del ideal y ética de la realidad. No debemos prescindir de una u otra, sino balancear ambas. Pensemos que la ética requiere reflexión, si estamos perfectamente convencidos de algo, dejaremos de cuestionar nuestras acciones, esa falta de cuestionamiento no es ética.

En cierto sentido, la ética de la convicción, que describe Weber, y más cuando la pasión la enciende, termina por ser incompatible con la objetividad que persigue el periodismo. Debo citar a Weber:

Nadie quiere creer que, por lo general, la discreción del buen periodista es mucho mayor que la de las demás personas, y sin embargo así es. Las tentaciones incomparablemente más fuertes que rodean esta profesión, junto con todas las demás condiciones en que se desarrolla la actividad del periodismo moderno, originaron consecuencias que han acostumbrado al público a considerar la prensa con una mezcla de desprecio y de lamentable cobardía.

Weber, (2012).

El dilema: ¿convicción o responsabilidad?

El dilema ético para un profesor o un periodista estriba en considerar a sus interlocutores como seres capaces de llegar a sus propias conclusiones, por ende transmitir información de una manera imparcial, dejando de lado las convicciones personales. O en cambio, mantener siempre la convicción propia y en consecuencia buscar una influencia política: dirigir, ya sea sutil o burdamente, el ánimo de sus receptores hacia una causa, o una ideología. Por eso Weber diferencia esas dos éticas: convicción y responsabilidad.

El profesor, el periodista y el político, obviamente a diferentes escalas, ejercen un poder al influir sobre las opiniones de un grupo. ¿Cómo han de actuar? ¿De acuerdo a sus convicciones personales, defendiendo apasionadamente las causas que más valoran? ¿O siendo responsables de acuerdo a cada coyuntura y limitándose por la moderación? Son dos éticas distintas.

Las tres cualidades decisivas que debe tener un político, para Weber son: la pasión, la mesura y la responsabilidad. Noto en ello un contraste que equilibra: la fogosidad de la pasión y la frialdad de la mesura. A los futbolistas que se hacen expulsar se les recomienda que jueguen con el corazón caliente, pero con la cabeza fría. Así también deben hacer los gobernantes: aquilatar sus convicciones con política responsable.

De lo anterior se desprende que Weber considerara sólo dos grandes pecados en la política: la falta de convicciones y la falta de responsabilidad.

La vanidad, la necesidad de aparecer siempre que sea posible en primer plano, es lo que más lleva al político a cometer uno de estos pecados o los dos a la vez

Weber, (2012)

Una consecuencia de la falta de convicciones es el enriquecimiento de quien ocupa un cargo de poder o de sus familiares. Pero también, y esto es lo relevante, hay un gran riesgo en quienes tienen profundas convicciones, pues una ética de absolutos, sin términos medios, sin moderación ni mesura, puede resultar totalmente irresponsable.

Hacia una política responsable

Insisto, la política real es poder estatal y todo Estado pretende ser un monopolio de la violencia. La ética que pretenda legitimar la violencia del Estado tiene un pecado original. Al imponer una ética con cara sonriente, se oculta el brazo de la violencia.

Especialmente cuando los postulados éticos del poder político tienen un carácter religioso, por ejemplo: no enfrentar el mal con el mal. Como no somos santos, esa ética es irresponsable, significa volverse cómplice de los criminales. Un gobierno no debe poner la otra mejilla frente a los narcotraficantes, frente los violadores ni siquiera ante los asaltantes de combis. El gobierno no es víctima, no puede perdonar en nombre de las verdaderas víctimas. Su responsabilidad es combatir con fuerza al mal.

Frente al mal no hay que ceder, sino combatirlo con mayor audacia. Eso dice en esencia este verso de Virgilio: “Tu ne cede malis sed contra audentior ito”, que otro gran economista, Ludwing von Mises tomó como lema personal y le fue balsámico para resistir la debacle del Imperio Austrohúngaro y la noche del nacional-socialismo.

Cervantes, en su magna obra, nos ilustra los problemas de la ética de la convicción cuando se carece de mesura. Don Quijote es el ejemplo paradigmático de los fracasos de una ética de convicciones absolutas. Recordemos cuando convencido de que los hombres deben ser libres, liberó a unos presos, que por delitos menores irían a las galeras. Esos delincuentes terminan por apedrear y robarles sus ropas al famoso caballero y a su escudero.

Sin astucia y reflexión, las convicciones son como las buenas intenciones: asfalto del infierno. Debemos atenuar las convicciones con una política responsable, previendo no la bondad humana, sino los posibles conflictos que causan los vicios.

Concluyo este texto mencionando la Guía Ética que presentó el actual Gobierno recientemente. Al margen de la hipocresía que pueda adjudicársele al Presidente, tal Guía revela convicciones con una gran falta de responsabilidad. Hoy debemos ser prudentes ante una ética, que como un amor adolescente, se pregona a los cuatro vientos. Es momento de cuestionar a quienes detentan el poder, ¿no están impidiendo sus convicciones el paso hacia una política responsable?

El medio decisivo para la política es la violencia.

Fuentes

Antonio Rangel
Poeta, narrador y ensayista. Estudié Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM, ahí mismo cursé la Maestría en Letras. Colaborador en diversas revistas literarias. Actualmente profesor de Literatura. Interesado en las ideas de la libertad, el debate plural y los problemas educativos.

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