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Opinión – Creencias lujosas

Opinión - Creencias lujosas
Foto. Freepick

Las creencias lujosas (luxury beliefs) son un conjunto de ideas y opiniones que la clase alta utiliza para distinguirse. De acuerdo con Rob Henderson, se trata de posturas que representan estatus, sustituyen la función de los anillos de diamantes, los Lamborghini o la ropa de diseñador. 

Si los emblemas de riqueza eran objetos que la inmensa mayoría no podía comprar, salvo malgastando y endeudándose absurdamente, ¿qué sucede ahora con las opiniones e ideas lujosas? El impacto de estas afirmaciones es mucho más fuerte y dañino sobre la cohesión social que la presunción de lujos.

Asimismo, a nivel gubernamental, si las pautas de las políticas públicas se marcan por las creencias lujosas, podemos estar frente a un proyecto de país muy perjudicial para la clase media y baja. Es por eso que debemos identificar si existen creencias lujosas en el diseño de políticas públicas para frenarlas.

Ejemplos de creencias lujosas

Rob Henderson, el intelectual que acuñó el término de creencias lujosas, ha ofrecido algunos ejemplos: la afirmación de que todas las estructuras familiares son iguales. Es una creencia equivocada y que quizá nadie acepte realmente, pero en los últimos 20 años ha adquirido gran prestigio. Al grado de que “las familias diversas” tienen un reconocimiento constitucional en la Ciudad de México.

Creer que para un hijo carecer de padre o madre, o perder a ambos es igual que crecer con ellos, es empírica y estadísticamente erróneo. La orfandad está relacionada con una mayor propensión a cometer actos delictivos y con el consumo de estupefacientes, así como con el fracaso escolar.

Un gobierno podría considerar que no le compete lo que las personas decidan con respecto a su vida familiar, pero lo que es un error abusivo es promover la idea lujosa de que cualquier tipo de estructura hogareña es igual de buena para los niños pequeños.

Otras opiniones lujosas perjudiciales para la mayoría son: afirmar que la monogamia no es trendy, sino pasada de moda. Asegurar que la religión, la católica especialmente, es irracional y despreciable. Y sostener que el esfuerzo no vale la pena y que el mérito no obtiene recompensa, sino que vivimos en una sociedad de privilegios determinados por el color de piel. Detengámonos en estos tres ejemplos.

Tres creencias lujosas

La creencia de que la monogamia es anticuada y que lo de hoy, el poliamor, es superior, es por principio de cuentas desconocimiento de la historia. Hay muchos ejemplos históricos de que las élites han tenido la tendencia hacia la poligamia. El asunto central es que sin monogamia se daña la cohesión social. En términos económicos, es mucho más costoso para los pobres y para la clase media divorciarse. Como también lo es vivir sin el apoyo económico directo de una pareja.

El poliamor trendy es un lujo como un reloj Gucci. No es una opción natural que haya estado vedada por prejuicios mojigatos. Un poliamoroso tendría que ser adinerado para tener mucho tiempo disponible, el tiempo es un pasivo económico. En otros tiempos se hablaba de tener una catedral y muchas capillitas, pero eso era una práctica que implica un gasto que solo siendo rico se podría costear.

El hecho de que alguien de clase media pueda comprarse un reloj de 50 mil pesos, ya sea ahorrando mucho tiempo o endeudándose, no significa que sea una buena idea. A diferencia de ese consumismo de lujo, las prácticas culturales de moda reciben un gran apoyo de los medios de comunicación y los gobiernos. Deberíamos preguntarnos: ¿por qué?

El mercado de las ideas realmente existente no es un mercado libre. Los gobiernos y los grandes capitales tienen agendas que acaparan la venta de ideas. Las opiniones de lujo no surgen de la nada ni de abajo hacia arriba, por el contrario. Son las élites quienes elaboran ciertas creencias que luego filtran hacia la clase media.

Otra creencia lujosa: ser anticlerical

Desconfío de quienes aseveran que las religiones son irracionales. Me parece que es como afirmar que detenerse cuando el semáforo está en rojo es irracional. Obviamente cuando se analiza algo fuera de contexto pierde mucho de su sentido.

Desde una mirada antropológica y psicológica, las religiones adquieren otra relevancia. Pero también desde una perspectiva política. Los estados modernos surgieron rivalizando contra el cristianismo. Sustituyendo a Dios por el Estado. Por eso tenemos un santoral laico: cada día se celebra alguna cosa, una profesión o un disparate. Hay una serie de rituales religiosos supuestamente laicos que llevan a cabo los gobiernos.

En México, por ejemplo, la ceremonia de la investidura presidencial, cuando le pasa la banda de un presidente a otro, con lo que la nación le confiere el poder ejecutivo. ¿Qué es eso? Un ritual completamente irracional si lo vemos fuera de contexto. La banda presidencial es como la hostia, el cuerpo y la sangre de la soberanía popular. Pero quienes aceptan esos rituales reaccionan ante un crucifijo, o ante la Virgen de Guadalupe, con lloriqueos porque su sagrada laicidad se ha mancillado.

Dicho esto, hay que colocar en contexto la idea de que la religión es irracional. Se trata de una idea muy conveniente para que los gobiernos se consideren el monopolio de la racionalidad. Como seres humanos pensantes debemos ser escépticos ante la dicotomía: religión irracional — gobierno racional. Los rituales religiosos desbordan el marco de las religiones.

Además, claro está, hay que tener en cuenta que para la cohesión social, incluso como redes de protección, las comunidades religiosas suelen ser mucho más benéficas que las instituciones de gobierno, especialmente para las clases bajas. Por eso despreciar la religión suele ser una idea fifí, una opinión de lujo, una miopía de ricos.

El lujo de predicar el victimismo

Otra idea que podemos ver como una postura muy cómoda es la de que vivimos en una sociedad estratificada racialmente y que el esfuerzo no ayuda, ya que un güero rico siempre será superior a un esforzado moreno.

Obviamente en México ha habido personajes ilustres ya sea en los negocios, la política y la cultura con diversas tonalidades de piel. Pero las afirmaciones lujosas en nuestro país provienen de EE.UU, entonces si allá predomina la teoría crítica de la raza, acá colonizadamente hay que aceptar esa teoría acríticamente.

Es una creencia muy perjudicial porque a unos les dice: no te esfuerces porque eres güero, seguramente podrás cumplir tus deseos trabajando muy poco. Mientras que a otros les dice: no te esfuerces porque por más que lo hagas nadie va a reconocer tus virtudes o al menos no obtendrás mejores resultados que quienes no se esfuerzan, por ser prieto.

La realidad desmiente totalmente esa creencia. El esfuerzo es uno de los principales factores del éxito, ciertamente no el único, pero marca la diferencia. El talento innato y la suerte también son muy importantes, pero no los controlamos. Por eso es que se vuelve muy relevante que en aquello que sí podemos marcar una diferencia lo aprovechemos.

Creencias lujosas
Foto de Анастасия en Pexels

La cultura del esfuerzo contribuye de forma muy significativa a disminuir la pobreza y a consolidar lazos sociales. Vale decir, que la cultura del esfuerzo es anti-populista. Las personas que quieren oportunidades para demostrar su capacidad, su compromiso y sus virtudes no son los clientes potenciales del mesianismo político.

Contra la cultura del esfuerzo, hoy en día se nos atiborra de mensajes victimistas. Pareciera que ser víctima es un modelo de éxito en la vida. Si antes eran los héroes quienes merecían reconocimiento. Hoy los aplausos y los elogios son para las víctimas. 

Lamentablemente el victimismo es una idea de lujo. Quienes pueden quedarse en casa, sin trabajar, tomando diversos tipos de terapia, no tienen problemas económicos como la mayoría de las familias trabajadoras mexicanas.

Las creencias lujosas en políticas públicas

Que cada quien viva su vida como mejor le plazca. Sin embargo, cuando el gobierno es quien promueve cierta forma de vida a través de políticas públicas. Entonces, ya no estamos ante un tema puramente personal, sino político.

Así como podría ser una tontería que una familia vendiera su departamento para poder comprar un vestido original de Armani, así también debiera verse absurdo que la clase trabajadora comprara para sí esas opiniones de lujo.

También es lamentable que los gobiernos adquieran ideas lujosas: abrir las fronteras a inmigrantes que competirán contra los trabajadores menos cualificados del país y se asentarán en los barrios más pobres. Los ricos no tienen que pagar el costo. Desde un iPhone situado en Polanco es más fácil apoyar la entrada de migrantes centroamericanos que desde una ciudad fronteriza.

Las cosas más costosas no son necesariamente las mejores. Esta verdad no le gusta ni a los ricos ni a la clase media. Hay bienes que se adquieren con la finalidad de presumir un estatus y nada más. Hay prendas carísimas y espantosas. Lo mismo sucede con las ideas. Algunas tienen mucho prestigio, pero no son buenas, aunque sean de marca, es decir, aun con el sello de una universidad que cobre más de cincuenta mil dólares por su matrícula.

El antídoto ante las creencias lujosas es el sano escepticismo, el viejo sentido común. El conocimiento real de la historia puede ayudarnos a ver la miseria de las ideas lujosas del presente. Para que no nos engañen las modas intelectuales, desconfiemos de las pasiones actuales: el odio al plástico y a la carne, la adoración de las mascotas y el catastrofismo climático.

El escepticismo nos salvará de las inconsistentes creencias lujosas, que más temprano que tarden, se volverán obsoletas.


Fuentes
Antonio Rangel
Líder de Opinión de Modernidades - Poeta, narrador y ensayista. Estudié Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM, ahí mismo cursé la Maestría en Letras. Colaborador en diversas revistas literarias. Actualmente profesor de Literatura. Interesado en las ideas de la libertad, el debate plural y los problemas educativos.

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